El
viernes por la noche dormí en casa de una amiga en Oceanside. El sábado por la
mañana vinieron a buscarme en un vehículo de la base.
Cuando
llegué a Camp Pendleton me llevaron a un despacho y me dijeron lo que había
ocurrido. La casa había ardido con rapidez durante la madrugada, nadie se dio
cuenta, los bomberos no pudieron hacer nada. Mi familia no había sobrevivido.
Me lo
contaron así, como en un comunicado oficial. Sin sentimientos, sin empatía.
Dije
que quería ir a ver mi casa. Me dijeron que allí no había nada que ver. Grité.
No
dejaron que me acercara a la casa. Olía a madera quemada. Quemada y mojada.
Todo estaba negro y sucio. Recuerdo el frigorífico ennegrecido, todavía de pie,
y los muelles de un colchón, el de la habitación de mis padres. Realmente no
había mucho más que ver. Todo había desaparecido. También las fotos familiares.
Habían
informado a mi abuela Charlotte y ella me esperaba en Seattle. Yo tenía
dieciséis años. Viajé sola y sin equipaje.
Lunes,
13 de abril de 2015